La intimidación imperial como la política de la postrimería de EE.UU.

La política del gobierno Trump viene a encarnar la política que cualquier otro imperio impulsaría, o a lo que cualquier otro imperio recurriría para resistirse asumir una realidad que cíclicamente le llega a todo imperio. Vale decir que no se limita a tener que aceptar que su condición de tal vaya a terminar de ser parte de lo que es parte del acervo de la historia que la humanidad ha conocido. Más allá de lo que es la verificabilidad de esta realidad, es tan sólo el recuerdo lo que quedará en adelante.
Parte del rechazo de resistirse asimilar esta realidad se manifiesta en una serie de acciones, como también de desafiantes declaraciones que están destinadas a mostrar el poderío que, en el mejor de los casos se pretende por lo menos conservar, o en el peor de los casos, por lo memos mostrar.

Es obvio que cualquier imperio que se resiste dejar de ser tal, debe contar con los operadores que mejor encajen en una estrategia que esconda los estertores de su hegemonía, y para ese efecto Trump es un operador clave para esa trama, la cual tiene por objeto ocultar esa realidad. Pero a la vez también confirmar que se continúa conservando esa imbatible condición imperial.

Así es como, si es que se revisan las políticas que Trump ha emprendido desde que ha llegado a la Casa Blanca; las mismas muestran una agresividad innecesaria para contra distintas “amenazas” creadas, y que las considera tales a parir de aquella nostálgica neurosis de “Volver Hacer Grande América” que se ha trazado, desatando toda una campaña de identificación de los “enemigos”, o los causantes de la pérdida de aquella grandeza. Una de las muestras de esa nostálgica inclinación ha sido el hecho de rodearse de viejos “halcones”, como John Bolton, Eliot Abraham, Pompeo, etc.

Ha sido a partir de esa vindicativa visión que tiene Trump que se abierto distintos frentes de ataque; no sólo contra los migrantes, y los hijos de los mismos, que es el grupo contra el que más ha focalizado su fobia; sino hasta contra las propias instituciones internacionales contra las que también no ha dejado de desacreditar, como lo ha hecho contra la misma ONU o la UNESCO, acusándolas de haberse aprovechado de la generosidad de los EE.UU.; y ni qué decir de varios gobiernos como el venezolano el de Corea del Norte, Siria, Irán etc., últimamente China sobre el impase con la península de Hong Kong, con quienes mantiene una línea de agresión permanente.

Claro que no menos cierto es que en muchos casos, sino en la mayoría, lo que ha quedado las más de las veces es tan sólo el tono amenazante de Trump, y que en el mejor de los casos ha terminado en la imposición de sanciones unilaterales de parte de los EE.UU., o en la conminatoria para que terceros sean quienes hagan del trabajo que Trump no se anima a llevar hasta el final, como es lo que hoy sucede la en la, península del estrecho de Gibraltar, para que sea el gobierno de ese país quien imponga sanciones a Irán por el paso del buque Grace I.

Tal vez por el momento lo más aconsejable para el gobierno de Trump es que se convierta en el facilitador de la transición de aquello que no acaba de nacer ni tampoco de morir, antes de seguir insistiendo en un imparable descredito como imperio.

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