Nuestra América Latina depende de los niños y los adolescentes

La juventud como sujeto de transformación

Es un lugar común de que el futuro de nuestra América Latina depende de los niños y los adolescentes. A despecho de los esfuerzos incontenibles de quienes creen en esta afirmación, el segmento poblacional al cual me refiero ha sido objeto de negligencia por parte de familias que desconocen su papel educador desde la cuna y de políticas ineficientes y multiplicadoras de la cultura del comodismo.

Niños y adolescentes han nacido y crecido en la embriaguez de avances tecnológicos incesantes, aumento poblacional incontrolable y la pérdida de los referentes educativos que servían.

Explico cada uno de estos fenómenos:

En edad cada vez más precoz, los jóvenes manosean funciones complejas de aparatos celulares, notebooks, ipods y tabletas digitales con tanta facilidad como la generación anterior andaba en patines o patinetas, jugaba con el trompo o brincaba la rayuela en la calle. ¿Estarán más seguros en casa mientras viven una realidad virtual?

A contramano de la crisis poblacional en los países europeos, América Latina tiene poco para enseñar en términos de control de la natalidad, a menos que la naturaleza nos brinde algún terremoto, inundación, accidente vehicular u otro desastre natural. No es esa vía la deseable.

El principal de estos tres fenómenos es en cierta medida una de las causas de los otros dos y lo que respondería con propiedad a la siguiente pregunta: ¿Quiénes pasaron a ser los educadores? Mientras se discute si la juventud debe pasar más tiempo en la escuela, los países y profesores tienen cada vez menos que decir frente a los actores y anfitriones de programas de televisión.

Parte considerable de esta juventud estudia por compulsión en lugares muy poco motivadores, algunas veces hostiles, y todavía trabajan para pagar los gastos domésticos. Cuando se los interpela sobre las razones de trabajar a tan temprana edad, es común que respondan que sus padres los obligan a ello. Es desde allí que se van a pedir dinero en los semáforos o vender quincalla en las calles.

De allí se deduce que la transición a la delincuencia es un paso de los que intentan burlar la situación impuesta por las familias y lograr el corte del cordón umblical. Luego surgen los prejuicios que criminalizan y marginalizan a la juventud que se viste de determinada manera, se reúne en tal o cual lugar, habla con giros y modismos propios y provienen de barrios determinados de la ciudad.

Lo que aparece como obvio para algunos agentes educadores (familiares, profesores, líderes comunitarios o religiosos, etc.) no pasa por la cabeza de otros, que acaban haciendo nuevas víctimas de un sistema que exige mucho y devuelve muy poco a cambio.

La legislación brasilera por ejemplo, se ampara en Pactos para la Infancia, el Estatuto del Niño y el Adolescente (Ley 8.069 de 1990) y en el artículo 227 de la Constitución Federal de 1988, que prevé que la familia, el Estado y la sociedad tienen el deber de garantizar las condiciones básicas para que los niños y los adolescentes crezcan dignamente.

La ley es formidable, pertinente, incluyente: ¿Quién la cumple?

La juventud no dejó de ser sujeto de transformación en este mundo -ni espero que abdique de esta posición- sino que la función de esta categoría ha sido asociada a figuras de consumo e inmadurez, que desmerecen el vigor que siempre la ha caracterizado. Lo peor sucede cuando caemos en cuenta que también la descalifica.

Provoca indignación que muchos cedan a las tentaciones de las drogas y el dinero fácil, reciban pocas instrucciones de sus principales educadores en el hogar o en el barrio, frustren sus anhelos profesionales por falta de estímulos y por el cumplimiento de duras exigencias domésticas, y atraviesen la juventud con exiguas experiencias de las que caracterizan esa etapa memorable.

Hay los que buscan la juventud en los intersticios de la nostalgia, pues están seguros de que la vivieron en la época en que no había juegos electrónicos, video-conferencias y el sensacionalismo daba sus primeros pasos. Otros envejecen tan rápidamente que mal les dará tiempo de recordar la infancia que vivieron.

Reflexionar sobre la juventud en el carruaje del siglo XXI implicará retomarla como agente de transformación sin miedo de reconocer que la luz que resplandecerá en el mundo venidero, inminente y regenerador, vendrá de los niños y adolescentes que desarrollen su creatividad y sus talentos.

Al fin, la gran responsabilidad de la prole está en manos de los progenitores y no del Estado. Éste debe catalizar las relaciones en la sociedad a fin de evitar que la juventud como sujeto de transformación se convierta en sinónimo de delincuencia, marginalidad e inmadurez.

El pacto educador y formador se firma alrededor de la familia.

Los que practican la fecundación ¿estarán listos para esa tarea?
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