GUATEMALA

La pura verdad

El denominador común del discurso político es la falsía.

EL QUINTO PATIO
CAROLINA VÁSQUEZ ARAYA

El denominador común del discurso político es la falsía. Así piensan quienes desean conquistar un espacio y creen imposible hacerlo sin mentir, porque según ellos nadie le dará un voto a quien destroce sus aspiraciones. Por eso: “en mi gobierno se dará prioridad a las necesidades del pueblo”, “cuando me elijan presidente las cosas van a cambiar en este país”, “no duden de mi palabra porque estoy aquí para cumplirla”.

La falsía viene en todos los colores y formas. Es la hipocresía elevada a la categoría de estrategia y resulta imposible evadir su imposición en todos los niveles de la cosa pública. Cuando algún político osa romper el paradigma y hablar con la verdad seca y directa, su fama recorre el mundo como un caso patológico y se convierte en un ejemplo de lo inimitable, de lo absurdo, de aquello a lo cual ningún político razonablemente sensato se acercaría jamás. Es el estigma del fracaso. En el continente solo hay un ejemplo y es el extravagante Pepe Mujica, quien salió triunfante de su aventura.

Cuando un candidato promete hablar con la verdad es porque está acostumbrado a mentir. Es un axioma. En la presente campaña se ha escuchado a varios políticos hacer esa ridícula promesa, la cual solo confirma lo anterior. Decir la verdad no debería ser un acto excepcional, cuando se pretende alcanzar una posición de enorme responsabilidad y compromiso legal. Debería ser la única manera de actuar.

El peligro está en cómo la ciudadanía se habitúa a la falsedad de sus líderes y les acepta el engaño como parte inherente de su personalidad y de su actividad pública. Al día siguiente de su elección se les ve transformarse, de la noche a la mañana, en todo aquello que prometieron no ser. Se les avalan sus actos aun cuando amenazan la estabilidad de la nación y atentan contra la vida de sus habitantes. Se les perdonan sus delitos como si estos formaran parte del ejercicio político y se mira hacia otro lado cuando violan las leyes.

Esa permisividad es generalizada; otros países también la cuentan entre sus maneras de convivir con los ámbitos de poder, aun cuando algunos poseen mecanismos mucho más sofisticados que Guatemala para ejercer controles y fiscalización por parte de la ciudadanía. Pero hay algo de fascinante en este juego, que impulsa a las personas a someterse voluntariamente al influjo de la falsedad. Quizá es porque de alguna manera misteriosa esperan que esas mentiras —obvias y descaradas, la mayoría de ellas— se conviertan en realidad.

Habría necesidad de una terapia colectiva para recuperar el sentido común y analizar la oscura razón de tanto sometimiento. Porque la falsía —esa hipocresía, deslealtad y doblez de las castas políticas— no es aceptable cuando pone en riesgo a millones de seres humanos dependientes de una administración justa, transparente y eficaz. La verdad no es una concesión graciosa de un humano extravagante, es la obligación absoluta de quienes aspiran a dirigir los destinos de una nación. Es, por lo tanto, obligación de los ciudadanos conscientes detectar y rechazar a los mentirosos, ya que no hacerlo equivale a entregar el poder a quienes, indefectiblemente, los van a traicionar.

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Fuente: Prensa Libre.
Blog personal: El Quinto Patio.