EE.UU.

La realidad de los pueblos en manos de Trump

América latina y Europa bajo la violencia del fascismo

El camino de Trump es gravemente predecible. Su oratoria agresiva contra la prensa alimenta a los fanáticos y cada vez resulta menos improbable que un energúmeno decida convertir esa oratoria de tiranuelo caprichoso en un ataque real contra la vida de los periodistas. Los autócratas no quieren que nadie reprima su voluntad. Trump quiere ajustar la realidad a su deseo y, como vivió el exjefe del FBI, James Comey, demanda la lealtad de los reyes. Callar a quien cuestiona está en el manual de todo autoritarismo.

El ataque de Trump a los medios es trascendente porque erosiona las reglas democráticas de convivencia. Una prensa libre, a disgusto de los gobernantes, es esencial para la salud del debate político y la transparencia de la gestión pública. La prensa, en su tradición más liberal y en un plano filosófico, es un mecanismo de control de las desviaciones del sistema. Socavar al periodismo libre es, en sí, un ataque a la democracia. Si Estados Unidos se define como faro de los valores de Occidente, esas creencias están en crisis con la presidencia del Agente Naranja. Trump es el verdadero enemigo del pueblo estadounidense.

El Partido Republicano, jugando al casino político con cinismo, ha atropellado sus principios por elegir el poder antes que la denuncia de un hombre incompetente para dirigir a la nación más poderosa del planeta. Los elogios del presidente a autócratas como Erdogan o Vladimir Putin relevan de mayores pruebas: el gobierno de Trump entiende la democracia como la realización del deseo del jefe. El mundo sigue, en vivo, el descenso de la nación de Thomas Jefferson a las miasmas hediondas de la degradación moral.

En su discurso de aceptación del Freedom of Press Award, Mason recordó que la libertad de prensa está protegida por la Primera Enmienda de la Constitución de Estados Unidos. “Esas no son solo palabras en Estados Unidos: es la ley”, dijo. Pero de inmediato recordó que la prensa debe permanecer vigilante ante todo intento de restricción de la libertad de expresión y prensa o socavar el trabajo de los periodistas. “No podemos tomar esos derechos, o la ley que los garantiza, por garantizados”.

Es el presidente de Estados Unidos quien tuerce la verdad y fabrica hechos para inventar una realidad que se acomode a sus necesidades. Trump no detendrá sus ataques pues los hechos contradicen su mundo de fantasías. Y la prensa debe mantenerse haciendo su trabajo, corrigiendo sus errores y reporteando con sinceridad, pidió Mason, “para protegernos de las noticias inventadas o falsas, que de hecho existen y son peligrosas para una democracia funcional”.

La prensa puede y debe combatir el mundo delirante incubado por el cerebro del mandatario de Estados Unidos con una hoja de ruta conocida: el trabajo de siempre. Evitar las exageraciones, siguió: “No necesitas construir una interpretación satírica de una reunión de gabinete: lo único que necesitas es cubrir la realidad”.

La lista también demanda evitar el resentimiento —reconociendo las acciones acertadas del gobierno—, transparencia y resistencia ante la intimidación, intercambio de experiencias con la prensa de otras naciones. Solidaridad ante el abuso. Y, sobre todo, no cambiar las reglas ni el comportamiento: la única lealtad posible, como ya sabe Trump, es con los hechos.

América latina y Europa bajo la violencia del fascismo

Los fascistas ya no se esconden. Han regresado al centro de la escena con racismo y atentados terroristas en sinagogas, colegios, calles y mezquitas, con artefactos explosivos enviados a políticos opositores y la prensa independiente. O dicho de otro modo: en Europa, Estados Unidos y ahora América Latina, los fascistas ya no maquillan el racismo y la violencia política que definen lo que es el fascismo, sino que en muchos casos ven con satisfacción y expresan su apoyo a líderes populistas como Donald Trump en Estados Unidos o Jair Bolsonaro en Brasil.

Estos líderes populistas han legitimado y también motivado a los fascistas. De hecho, desde el punto de vista de las conexiones entre historia lejana e historia reciente, en los últimos años el populismo ha sido una dimensión esencial de la normalización del fascismo.

Si bien el fascismo y el populismo proponen cosas muy distintas la dictadura el primero; una democracia autoritaria el segundo, fascistas y populistas comparten algunas características vitales: la demonización del adversario, apelan a un pueblo homogéneo y presentan a un líder mesiánico que todo lo sabe y que habla por la mayoría a la que llaman “pueblo”, pero que en realidad solo está constituida por sus seguidores.

Hace pocos años habría sido difícil imaginar este regreso del pasado en las bocas del líder del país más poderoso del mundo o de la democracia más grande de América Latina. Pero negar esta nueva realidad no va a ayudar a comprenderla. Hace falta detenerse a pensar las razones históricas que llevan a esta “normalidad” del fascismo, amamantado y legitimado por líderes populistas de derecha.

El fascismo actúa desde abajo, pero está también legitimado desde arriba. Cuando Bolsonaro despreció a los afrobrasileños o cuando Trump dijo que prefería inmigrantes noruegos a aquellos que venían de “países de mierda” como Haití o países africanos, no solo los fascistas interpretaron que estos líderes compartían con ellos sus valores racistas. Recientemente, Bolsonaro dijo que el Holocausto podía perdonarse y Trump defendió su polémica declaración de que entre los que asistieron a la marcha nazi de Charlottesville había buena gente.

El retorno del fascismo se ha dado en un contexto específico: en democracias que se encuentran en crisis, debilitadas por fenómenos como los referéndums y la corrupción o el hecho de que las elecciones se han vuelto plebiscitos sobre personalidades mesiánicas en las que cada vez hay menos debate de ideas o propuestas. Gracias a esta combinación de factores, el populismo ha encontrado una rendija para vincularse al fascismo e introducirse al sistema democrático para minarlo desde adentro.

Los fascistas sustituyeron la historia y las verdades sustentadas en la demostración empírica por el mito político de su líder. A quienes lucían o pensaban distinto los veían como enemigos de la nación y el pueblo. Por eso, había que perseguirlos, primero, y luego deportarlos o eliminarlos. Según estos fascistas latinoamericanos eso pasaría el “día en que el nacionalismo triunfe como régimen” y en que los “buenos argentinos” sepan “dar el grito: ‘Dios, patria y familia’.

Pero todo ha cambiado ahora que el fascismo ya no está en el pasado como un régimen de poder, sino que incluso ha regresado a la política como compañero de ruta de los nuevos populismos de extrema derecha. Se ve en Brasil, pero también en países como Chile, con el preocupante fenómeno de José Antonio Kast, el llamado “Bolsonaro chileno”, admirador como el brasileño de la dictadura de Augusto Pinochet. O en la Argentina, con bolsonaristas convencidos y políticos bolsonarizados en el gobierno y en la oposición peronista.

Normalizado por líderes como Trump o Bolsonaro y Duterte, en Filipinas, el fascismo también ha vuelto a sus orígenes de violencia extrema como el terrorismo nacional y trasnacional. Pero esto no quiere decir que los fascistas son la mano de obra de los populistas. La situación es más compleja que esto. Se dan muchas veces entre ellos afinidades electivas, y no alianzas concretas.

Recientemente, The New York Times publicó un análisis que revela la forma en que los terroristas fascistas se influyen y legitiman mutuamente a nivel global. El atentado antisemita de abril en California lo prueba: el asesino, admirador de Hitler, fue inspirado por el acto terrorista, también racista, de Nueva Zelanda y también por la masacre de la sinagoga de Pittsburgh hace seis meses, cuyo perpetrador invocó como razón las supuestas “invasiones masivas” de las caravanas de migrantes que Trump había imaginado y denunciado en su cuenta de Twitter.

Barómetro Latinoamericano

Diego Olivera es periodista, Historiador y Analista Internacional.