Latinoamérica para los latinoamericanos

Las elecciones presidenciales en Venezuela fueron más que un ejercicio de democracia. Estos comicios constituyeron una confrontación clave para el recorrido social y cultural de los próximos años en Sudamérica.
Chávez comparte escenarios y momentos clave con sus pares en el proceso de integración regional

En 1958, el periodista Jorge Ricardo Masetti publicó una muy interesante crónica (definición insuficiente, aún cuando sea propuesta por el mismo autor) del proceso de lucha cubana que derivaría en la revolución de 1959.

Esa obra tomó el título de “Los que luchan y los que lloran”, y es un incipiente tratado de práctica política revolucionaria popular latinoamericana.

Allí, Masetti planteó que el interés por adentrarse en Sierra Maestra durante el conflicto armado se debió a que “queríamos saber si las balas que se disparaban contra Batista eran pagadas en dólares, o en rublos o en libras esterlinas. O si se daba en Latinoamérica la desconcertante excepción de que una revolución en marcha hacia el triunfo, fuese financiada por el propio pueblo”.

Aún cuando los momentos históricos no son trasladables de manera lineal y directa; y desde la comprensión de que cada proceso es resultado de articulaciones distintas, complejas y hasta contradictorias entre factores y sujetos coyunturales y memoria histórica, la reflexión masettiana sirve para pensar distintos aspectos de lo que se puso en juego en las elecciones venezolanas del 7/O.

El resultado de los comicios implicaba la revalidación -o suspensión si hubiese ganado Henrique Capriles- de la faceta gubernamental de la revolución bolivariana, elemento vital para el avance latinoamericanista y latinoamericanizante en la región.

Si en algo acertaron los centros de conocimiento de la lógica neoclásica que hegemonizó el pensamiento económico dominante a fines del Siglo XX fue en sostener que Latinoamérica estaba llamada a ser una región con fuerte protagonismo en el Siglo XXI.

Pero si en el pensamiento capitalista más exacerbado el protagonismo estaba dado por la capacidad productora de riquezas pasibles de insertarse en el sistema extractivo del esquema centro-periferia; las vueltas imprevisibles de la historia, como afirma el intelectual argentinoRicardo Forster, en confluencia con la unión y organización de sujetos decididos a ser artífices de su propio destino, condujeron a que el abandono del papel de actor de reparto en el escenario geopolítico mundial se diera por la frontal ruptura política y económica, primero, y cultural, después, con lo que se creía era el destino final de la humanidad.

Este último aspecto es, sin dudas, el que se puso en mayor medida en juego en estas elecciones; y no sólo por el diseño que pueda adoptar la sociedad venezolana, sino porque en él se encierra la posibilidad de consolidación de una Latinoamérica unida, soberna, autodeterminada y autoafirmada.

Si bien en la cotidiana realidad de la materialidad, los modelos políticos post neoliberales aún presentan objetivos por cumplir, sobre todo en lo que atañe a profundizar las prácticas de redistribución de la riqueza, disminuir las situaciones de concentración económica y afianzar la consolidación de prácticas económicas y mercantiles no capitalistas; es innegable que en el último decenio las condiciones de vida de los sectores populares o subalternos mejoraron de manera sustancial; y aún con insuficiencias y necesidades por cubrir, la condición tiene condimentos esperanzadores, sobre todo en la comparatoria con la última parte del siglo XX.

Sin embargo, las posibilidades de profundizar el camino obligan hoy a disputar e imponerse en el campo de lo cultural, pensado desde la integralidad de las prácticas abstractas y concretas sociales, políticas y simbólicas en general.

Venezuela no dirimió este 7 de octubre la continuidad de Chávez o la emergencia de Capriles. Venezuela se estableció como laboratorio político en el cual se realiza la primera prueba de la identidad latinoamericana.

Sin cumplir con la ineludible obligación de modificar los planos éticos y morales de nuestras sociedades, los cambios que aún se requieren serán poco probables de lograr.

No es Chávez quien estaba en juego. Chávez trascendió a Chávez, y parafraseando al Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, “Hartos Chávez aquí hay”. No, no es el Comandante: es el Poder Popular, el ejercicio de una democracia plena e integral, la capacidad para pensarnos y definirnos, y el derecho a darnos un orden social lo que este domingo de octubre tuvo una prueba vital.

Daniel Gonzalez Almandoz | Desde la Redacción de APAS Mendoza