Seguridad alimentaria mundial II

Monsanto produce el 91% de las semillas transgénicas sembradas en el mundo

Sylvia Ubal    31.Mar.2017    Opinión

Poco conocimiento y consciencia hay hoy sobre los efectos de la producción transgénica en la salud humana, en el medio ambiente, la seguridad alimentaria y la autonomía de los pueblos indígenas. Este es un problema preocupante y debería estar en la agenda de los gobiernos y en discusión en las organizaciones sociales, campesinas e indígenas.

Según sus defensores, esta tecnología tiene como fin aumentar el rendimiento de cultivos, ayudar a resolver el problema del hambre y mejorar la rentabilidad. Sin embargo, hay estudios que demuestran que los transgénicos no rinden más que los cultivos naturales y a su vez tampoco se utilizan principalmente como alimentos sino que se exportan a otros países para engordar ganado o elaborar biocombustibles. Además, introducen contaminantes al medio ambiente y nuevos riesgos para el hombre, los cuales se siguen sumando.
El interés y razón de ser de cualquier compañía es obtener ganancias, considerando el lugar donde esta se desempeña, la sociedad y el medio ambiente. Sin embargo, estas corporaciones obtienen ingresos por las patentes sobre los transgénicos y a la vez ejercen un control sobre el sistema agro-alimentario mundial para controlar el insumo fundamental: las semillas.
La práctica de los cultivos transgénicos han sido manipulados para reemplazar a sustancias químicas de amplio uso, sobre todo insecticidas (Bacillus thuringiensis) y herbicidas (glifosato o glufosinato, fabricados también por las mismas empresas que venden las semillas). La mayoría de las plantas transgénicas incorporan un gen de resistencia a los antibióticos (gen marcador). Cerca del 18% por ciento de los cultivos transgénicos mundiales son variedades Bt (Bacillus thuringiensis), sobre todo de maíz (9,1 millones de hectáreas, 13% del total mundial en 2003), manipuladas para producir una toxina contra los insectos (12,2 millones de hectáreas en total), y el 73% son cultivos transgénicos de soja (41,4 millones de hectáreas, 61%), maíz, colza y algodón diseñados para resistir a herbicidas como el glifosato o el glufosinato (67,7 millones de hectáreas). El resto llevan ambas características, Bt y resistencia al glifosato.
Hay otros productos transgénicos para agregar una determinada calidad nutricional; para crear plantas resistentes a un herbicida determinado que solo acepte el que fabrica la misma empresa que produce la semilla (actualmente representa el 71% de los cultivos sembrados); para agregar un “gen” de otro ser vivo que resista a ciertos virus, o lograr una maduración retardada como el caso del ajitomate, etc etc.. Las investigaciones realizadas en 1998 demostraron que la papa transgénica con genes que producen lecitina (proteína que destruye las células del sistema inmunologico), puede modificar el metabolismo humano. Durante cien días, el investigador Arpad Pusztai alimento a ratas con estas papas transgénicas y el resultado fue el retardo del crecimiento de las ratas y menor resistencia a las infecciones. Por ello al producto se le llama “Organismo Genéticamente Modificado” (OGM), o simplemente transgénico. Este nuevo ser vivo que adquiere nuevas características de manera artificial provocara modificaciones biológicas, pero también problemas ecológicos, culturales, sociales, políticos y económicos.
En los últimos diez años de existencia de los cultivos transgénicos, la resistencia de los ciudadanos ha ido en aumento en muchas partes del mundo, en particular en Europa. Encuestas oficiales de la Comisión Europea muestran que el 94,6% de los ciudadanos de la UE quieren tener el derecho a elegir, el 85,9% desea saber más acerca de los OMG antes de consumirlos y el 70,9% simplemente no quiere consumir alimentos transgénicos. Pero los intereses económicos de empresas y países son tan importantes que las presiones son enormes para conseguir una introducción masiva de los transgénicos en la producción agraria y de alimentos.
Más del 70% de los cultivos transgénicos han sido desarrollados para ser tolerantes a un herbicida concreto, es decir que en el campo, pueden soportar grandes cantidades de este producto químico. De esta manera, las empresas aprovechan este tipo de cultivos modificados genéticamente para incrementar sus ventas en productos químicos. La experiencia de EE.UU por ejemplo el uso de los herbicidas aumenta en un 5% en la soja transgénica comparado a la soja convencional. Así mismo un reciente estudio demuestra que la siembra de 220 millones de ha. de maíz, soja y algodón transgénicos desde 1996 ha tenido como consecuencia un aumento del uso de los herbicidas en torno a los 22 millones de kg.
Monsanto, quién produce el 91% de las semillas transgénicas sembradas en el mundo.5 compañías trasnacionales de la agro-biotecnología controlan el mercado mundial: Dupont, Syngenta, Bayer, Dow y, en particular, Con el desarrollo de estos organismos, y al controlar el mercado de semillas, está produciéndose algo nunca antes visto en la historia de la humanidad: se alteran, controlan y comercializan los granos básicos que alimentan a la humanidad: maíz, soja, canola, algodón, sorgo, arroz y trigo.
Estas empresas tienen que rentabilizar las inversiones y los países productores tienen que vender sus cosechas transgénicas, ha originado todo tipo de estrategias y presiones políticas para imponer los transgénicos al mercado mundial, desde la contaminación intencionada de cultivos no transgénicos o la amenaza a países para que retiren normas restrictivas hasta la eliminación de los excedentes agrícolas transgénicos mediante la ayuda alimentaria.
Las semillas transgénicas se producen para que requieran tres o cuatro veces más de fertilizantes en la medida en que estén bien irrigadas. De las 25 empresas más grandes del mundo en producción de semillas, cinco están entre las más grandes industrias de pesticidas, que solo producen semillas que resisten exclusivamente a los pesticidas que ellas mismas fabrican.
La biotecnología agrícola de las transnacionales no mejorará la dieta ni la seguridad alimentaria de los más pobres, sino que seguramente las empeorará. Se trata de un modelo agrícola desfavorable para ellos: agricultura intensiva en agroquímicos, con monocultivos en grandes plantaciones propiedad de grandes terratenientes, y una dependencia creciente de los agricultores.
Estas nuevas tecnologías de semillas estériles, mutiladas, “drogadictas” (dependientes de insumos químicos) no son una innovación, de hecho representan la dirección que está tomando la manipulación genética, y muestra lo que verdaderamente quieren las transnacionales agroquímicas que hoy aumentan su poder para controlar, manipular y mercantilizar la vida. El beneficio agronómico de estas tecnologías es nulo; el aumento de poder y control para estas empresas lo es todo.

sylviaubal@gmail.com
Publicación Barómetro