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Lo que viene tras la post-huída estadounidense

La gravísima maniobra de Colombia y EEUU

Rodolfo O. Gianfelici :: 09.09.21

Tras dos décadas de complicidad con la invasión que EEUU y la OTAN lideraron en Afganistán, los medios de comunicación ahora halagan la actitud “humanitaria” de Colombia.

SANTA FE-ARGENTINA (por Rodolfo O. Gianfelici, PrensaMare) Tras dos décadas de complicidad con la invasión que EEUU y la OTAN lideraron en Afganistán, los medios de comunicación ahora halagan la actitud “humanitaria” de Colombia.

Se refieren así a la decisión del gobierno reaccionario de Iván Duque, de recibir a alrededor de cuatro mil emigrados de Afganistán.

Los mismos medios que durante veinte años poco y nada se preocuparon por los 200.000 civiles afganos muertos, ni por los cientos de miles de desplazados ni por la incalculabre cantidad de emigrados, ahora han ‘descubierto’ los derechos humanos.

Hasta se preocupan por las mujeres afganas; por perros y gatos de un refugio organizado por un exmilitar británico (que formó parte de la invasión al país); y no han dudado en usar imágenes de niños para exponer “el drama” afgano.

Todo es válido para la canallada comunicacional, puesta al servicio del poder anglosajón mundial. En ese sentido, que el gobierno de Colombia anunciara que concederá un “permiso humanitario temporal” para recibir a miles de personas salidas de Afganistán, también es mostrada como una actitud de ‘ayuda’, ‘protección’ o ‘humana’.

Sin embargo, solo se asiste a una nueva apuesta del imperio y sus cómplices, para trasladar la violencia, la criminalidad y el terrorismo “autorizado” (por ellos), a otra región del mundo. Así como EEUU ha protegido y traladado a bandas terroristas del ‘estado islánico’ (ISIS o Daesh) a otros sitios afuera de Siria, ahora ‘reubica’ a miles de sus colaboradores y cómplices cubriéndolos de una careta de ‘perseguidos’.

Resulta llamativo que el gobierno de EEUU, luego de decidir unilateralmente (y sin avisar a sus aliados invasores) su salida urgente y a las apuradas de Afganistán, ahora decide brindar “ayuda humanitaria” oficial, para proteger y reubicar a quienes salieron y/o buscan salir Afganistán.

Se asiste a una maniobra que el colombiano Duque denomina como “alianza humanitaria internacional”, donde el país sudamericano es el receptor y EEUU quien asume los costos de la operación (a la vez que determina a quién protege).

El dinero lo aportará la cuestionadísima agencia estadounidense USAID (ligada desde siempre a la CIA). La misma organización que se ha encargado de disfrazar ‘ayudas’, para financiar acciones desestabilizadoras, invasoras y terroristas contra Venezuela.

El presidente Duque ha sido incapaz de poder pacificar el país. Es el máximo (i)responsable del incumplimiento de los acuerdos de paz firmados con la guerrilla de las FARC. Su gobierno es el máximo responsable de no poder garantizar el reintegro pacífico de los militantes desarmados. En los últimos años se cuentan por centenares los dirigentes sociales asesinados, y sin esclarecerse. Grupos de delincuentes, paramilitares y terroristas operan desde suelo colombiano en la frontera con Venezuela.

Cómo se entiende entonces, que si las actuales autoridades son incapaces de garantizar la paz interna, ahora abran las puertas a la llegada de más de cuatro mil “cooperantes” con el invasor de Afganistán…?

A nivel regional sudamericano, Colombia aparece a la cabeza en cuanto a los desplazamientos internos. Una situación que –inclusive- supera lo regional y se sitúan entre los más elevados y graves a nivel mundial. El Registro Único de Víctimas y el Observatorio Global de Desplazamiento Interno en Colombia, ha informado que en 15 años (de 1985 al 2020) se acumulan 8,1 millones de desplazados internos.

Efectivamente: más de ocho millones de víctimas del abandono estatal, que observarán la ‘preocupación’ de Duque y EEUU, para atender a más de cuatro mil arribados desde Afganistán.

Suena ofensivo? Suena irónico? Suena tragicómico? Sueña insultante?

Ahora bien: poco y nada se sabe de estos miles de arribados desde la lejana tierra asiática. Solo se alude a ellos como “civiles cooperantes del gobierno y el ejército de Estados Unidos o de la OTAN”.

Si se trata de afganos, son traidores a su nación y pueblos.

Si se trata de extranjeros, han trabajado para los invasores.

Como sea, han estado a disposición de la fuerza de ocupación; ello significa que han respondido a superiores militares, a superiores de inteligencia, a superiores de fuerzas se seguridad privadas (o fuerzas mercenarias) o a entidades (organizaciones / Ong / fundaciones…) que estaban contratadas y al servicio de los invasores.

El mismísimo presidente Joseph Biden los ha calificado a esos miles de escapantes como “ciudadanos afganos que trabajaron para difundir la democracia y la libertad”. Por cierto que rara forma de ser demócratas y libertarios y a la vez formar parte de una fuerza invasora y de ocupación…

Por otra, nadie sabe a ciencia cierta si estos miles a ser reubicados son en verdad afganos, o llegan con esa supuesta nacionalidad. La cual adoptan por decisión de EEUU y en verdad son originarios de cualquier otra nación, dispuestos a servir “a la causa” estadounidense en cualquier país del mundo…

Algo así como mercenarios ligth, que le deben la salida (y seguramente la vida) a EEUU.

El mundo asiste a una “tercerización” de la tercera gran guerra, que se viene desarrollando a nivel mundial. Se trata de una confrontación en pleno desarrollo, que ha sido planificada con anterioridad, y que necesita ir contando con presentes y futuros participantes. Para ello trabajan los estadounidenses y sus socios geopolíticos. Cada uno cumpliendo su papel.

Pero lo importante –y silenciado a la vez- es que existe un tema en común entre Colombia y Afganistán, que –no llamativamente-, ni políticos, ni medios comunicacionales, ni dirigentes políticos, ni analistas internacionales han tenido en cuenta.

Están unidos por la producción de drogas y el narcotráfico. Colombia es el principal productor mundial de cocaína, y de cuya producción EEUU debe garantizarse el aprovisionamiento para su consumo interno.

Afganistán ha pasado a ser (como resultado de los 20 años de los invadores), en el principal productor de heroína del mundo con la que la geopolítica anglosajona inunda a Rusia y Europa. Además, Afganistán se transformó en un destacado productor mundial de la metanfetamina.

Pero además, la heroína de Afganistán abastece el mercado estadounidense. Esta construcción de nuevos laboratorios y ampliación de zonas productivas, se completó con la llamada “ruta de los generales” (estadounidenses) por la cual salía la producción con destino al exterior.

Conociendo los antecedentes históricos de la USAID, que aparezca apoyando a los llamados ‘emigrados afganos’, constituye toda una sospecha su presencia. Además, la estadía en Colombia (de los escapantes de Afganistán) se considera “transitoria”, hasta que (posiblemente en algún momento desconocido), EEUU autorice que puedan ir ingresando en suelo estadounidense.

Mientras tanto estarán en Colombia, sin conocerse sus destinos, sus actividades, ni cuánto tiempo permanecerán. Mucho menos el total y forma de su financiamiento (con dineros del presupuesto de EEUU). Tampoco si, con el paso del tiempo (y hasta algún día puedan ser aceptados en EEUU), serán reubicados en algún otro país sudamericano, centroamericano o caribeño.

Teniendo en cuenta que han sido “colaboradores” de potencias (y cómplices) invasores, se desprende que son personas de confianza de EEUU. Por lo que -seguramente- responderán a dicho país, que los continuará ‘ayudando’ económicamente.

Lo que significa que más de cuatro mil personas extranjeras que responden al ideario y necesidades de Washington serán implantados en Colombia, y posiblemente se transformen en ejecutores de las políticas de dicha potencia.

Ante esta decisión de los gobiernos colombiano y estadounidense, ninguno de los gobiernos de Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Ecuador, Paraguay, Perú, Venezuela y Uruguay (ni de Guayana Francesa, Guyana, y Surinam); como tampoco de fuerzas políticas que no gobiernan en dichos países, se han manifestado advirtiendo a la región y el mundo de la gravedad de esta implantación de los más de cuatro mil “cooperantes”.

Que ocurriría si alguno de los países sudamericanos decidiera introducir, no ya cuatro mil, sino apenas unos cientos de cubanos, iraníes, chinos, rusos que tales países pudieran calificar de “cooperantes”…?

Acaso esos países y las potencias occidentales que fueron parte de la invasión y permanencia en Afganistán por dos décadas, no estarían ‘denunciando’ la llegada de “agentes” y “terroristas” a suelo sudamericano…?

El silencio o la indiferencia es una pésima decisión.

Ningún dirigente tiene el derecho de darse el lujo de mirar para otro lado a sabiendas que la derrota estadounidense en Afganistán, su fracaso en Siria, la imposibilidad de resolver militarmente la crisis con Irán, el revés ante los independentistas del este de Ucrania, el reclamo del gobierno de Irak para la salida de sus tropas, y la segura derrota político-militar de (su ‘delegado’) Arabia Saudí en Yemen, muestran a una clase dirigencial estadounidense desesperada.

Que Sud América no se transforme en tierra de ensayo de un nuevo conflicto internacional, ante las ambiciones imperiales y la mediocridad y complicidad de sus dirigentes. Sería interesante que aparecieran voces contrarias a ello.


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