Cervantes entre nosotros

Fieles a la tradición establecida, cada 23 de abril, Día del idioma, depositamos flores ante el monumento a Miguel de Cervantes en el parque de San Juan de Dios.

Allí reposa la representación de su figura sedente, acomodada en vestuario renacentista. Ajenos al significado de lo que en este sitio sucede, los chiquillos del barrio corretean a su alrededor. Semejante a Don Quijote de la Mancha, el personaje nacido de su pluma que echó a andar para siempre, cabalgando a través de los siglos y atravesando tierras y océanos, Cervantes fue también un caballero de la triste figura. Por ese motivo, la imagen del hidalgo manchego montado sobre el huesudo Rocinante evoca con mayor exactitud el recuerdo del genio de la creación literaria que intentó en vano subsistir mediante el ejercicio de las artes del cortesano.

La existencia de Cervantes transcurrió en el corazón de un imperio en su etapa de máxima expansión, cuando de las tierras recién conquistadas se extraían metales preciosos que sustentaron el desarrollo del capitalismo. Para España eran también los tiempos de más alto esplendor literario. En el escenario emergían, además de competir en menudas rivalidades, Lope de Vega y Calderón de la Barca, Góngora y Quevedo, mientras aparecía —tomando cuerpo e identidad propia— la novela picaresca. Dejaron un legado asumido con provecho en los siglos sucesivos por los escritores de nuestra lengua, nacidos en los más diversos rincones de aquel inmenso territorio.

Caballero de la triste figura, en ese panorama de apariencia rutilante Cervantes fue un perdedor. Quiso servir al imperio con las armas. Estuvo en Italia. Combatió en Lepanto. Capturado, padeció un doloroso cautiverio sometido al trabajo forzado de las galeras. De regreso a España se empantanó en una miseria sin salida. Volvió a sufrir los padecimientos de la cárcel. Se esforzó por ganar los favores de los poderosos con el empleo de dedicatorias halagüeñas en algunas de sus obras. Carecía de las aptitudes requeridas para lograr su propósito. La invención de la imprenta lanzó al Quijote por los caminos del mundo. No había entonces legislación que amparara los derechos de autor. El éxito de su obra mayor no le ofreció beneficios materiales. Recibió tan solo una recompensa moral sazonada por el veneno de los envidiosos.

Siempre vencido y apaleado en su condición de tozudo «desfacedor de entuertos», Don Quijote de la Mancha introduce una mirada transgresora que remueve la conciencia conformista de los portadores del sentido común, anidada en Sancho Panza. Devela los males que corroen el corazón del imperio, la miseria persistente, la arbitrariedad en la aplicación de la justicia, la cruel soberbia de los duques poderosos que entregan al escudero el ilusorio gobierno de la ínsula Barataria, la intolerancia dominante en quienes, después de expulsar a los árabes, persiguen a los mozárabes, descendientes de generaciones crecidas en España.

La conducción dialógica se abre a múltiples voces a través de las narraciones que irrumpen en el relato mayor. De ese intercambio emerge una lengua que asume la riqueza de un castellano que legitima, junto a las expresiones culteranas del hidalgo, el legado popular del labriego, incluido su amplio registro refranero.

Estructurada al modo de relato de aventuras, a través de múltiples y sorprendentes peripecias, la historia del Ingenioso Hidalgo, cristalización esplendorosa del tránsito de la epopeya a la novela, sigue siendo un regalo para el lector contemporáneo. Constituye, además, fiesta y celebración del idioma que —con cadencias diversas— todos compartimos, un tesoro acrecentado con la contribución de los hablantes de América Latina, hoy amenazado por la proliferación de mensajes simplistas, empobrecedores del léxico y de la sutileza de su sintaxis.

Corresponde a la instrumentación de las políticas lingüísticas, al sistema de educación y a los medios de comunicación masiva el compromiso ineludible de preservarlo, en tanto marca identitaria y vehículo imprescindible del pensar.

Saltando por encima de los siglos y de los océanos, la obra de Cervantes nos pertenece. Integra, de manera inseparable, la urdimbre más secreta de nuestra memoria cultural. Así lo comprendieron, desde fecha temprana, nuestros escritores y nuestros especialistas en estudios literarios. Existe una extensa bibliografía resultante de las investigaciones de autores cubanos.

En el tránsito de la colonia a la República neocolonial, pocos intelectuales de relieve soslayaron el tema. Lo hicieron con el empleo de las herramientas de análisis atemperadas a la marcha de las ideas de cada época. El texto de Justo de Lara es referente obligado del ayer.

En etapa más reciente, Mirta Aguirre incorporó la perspectiva marxista. Sin embargo, su presencia trasciende el mundo académico. Está en nuestras calles, no solo como representación estatuaria del escritor y su personaje. Rejuvenecido con el triunfo de la Revolución, el Ingenioso Hidalgo volvió a ensillar a Rocinante. La Imprenta Nacional se inauguraba con una edición masiva del Quijote. Rompió los muros de las librerías y las bibliotecas. Invadió los estanquillos, mientras los vendedores de periódicos voceaban su nombre. Adarga en ristre, nos acompaña en el empeño por «desfacer entuertos».