Gritón a sueldo

Cuando hablamos del presentador y comentarista Carlos Federico Valverde Bravo tenemos que olvidarnos de las nociones de educación, moderación, probidad y decoro. Valverde está caracterizado por insultar, adjetivar y alzar la voz (gritar) en contra de aquel o aquella que es de su desagrado, enemigo o adversario político.

Quiere decir que, no razona para referirse sobre alguien, actúa sobre impulsos que no controla o administra desordenadamente y, exclusivamente responde a sus tentaciones de odio y desprecio.

Los conocimientos y creencias que deberían ser compartidos por una comunidad y considerados como prudentes, lógicos o válidos son juzgados por él de una forma diminutamente razonable. Su conducta está caracterizada por el uso abundante del adjetivo despreciativo, únicamente responde a su sentido común, elemental por cierto y no a un análisis crítico o científico de los hechos y fenómenos de la sociedad, dados como naturales y concretos con investigaciones metodológicas previas.

Conocimos hace unos días, -con algo de asombro, pues su histrionismo hacía pensar que él no incurriría en estas prácticas de “periodismo bonificado”-a través de los medios digitales que Carlos Valverde aceptó que habría recibido gratificaciones económicas por su trabajo “periodístico”. Su triste e inconsistente explicación se centró en dos argumentos: 1) no perder la oportunidad de salir a nivel nacional; y 2) tener el derecho a cobrar por su trabajo.

En el video que él mismo publicó indica: “¿ustedes creen que uno no va a aceptar para que lo publiquen a nivel nacional?” …seguidamente dice: “¿no tengo derecho a cobrar por lo que escribo, por mi trabajo, por publicar? ¿No tengo derecho de comer, de llevar plata a mi casa? Repitió y preguntó infatigablemente por 29 minutos.

Recordemos a Carlos Valverde, en su columna de opinión de fecha 23 de agosto de 2020 titulada: “Víctima de sus propias bajezas”. Su introducción inicia con una autodefinición: “Debo ser uno de los “periodistas” que más ha escudriñado en los oscuros vericuetos en los que se ha movido y se sigue moviendo Evo Morales”. Seguidamente escribe: “decidí hacerlo al ver que se construía tras de él (más bien bajo sus pies) un despreciable relato que lo presentaba como un hombre bueno y humilde con una tremenda vocación de servicio cuando en realidad todo ello configuraba un descarado intento de construir primero y agigantar su poder después”.

Luego de esa afirmación me pregunté: ¿Realmente Valverde podrá hablar ahora de despreciables relatos cuando él construye uno para sí mismo? “Uno escribe para que lo lean” dice Valverde para justificar los emolumentos recibidos. Más adelante, en la columna citada comenta: “no escribo para hablar del fraude electoral de Morales, sino del fraude que es este personaje que comienza a ser conocido en su verdadera expresión, o sea, como lo que es: un sátiro, un deshonesto, obsceno, lujurioso, lascivo…” continúa: “Mi estudio sobre el personaje de marras es detallado porque merecía ser así; descubrir que Iván Canelas lo dibujó como un Mesías…”. Tengo que confesar que sentí lo mismo en su explicación en el video que transmite, es como si nos quisiera vender que usted representa la pulcritud, ética y honestidad de un “Mesías del periodismo”.
Más adelante, Valverde habla de los hijos de Evo Morales y dice en referencia al momento que Morales reconoció a sus hijos: “lo mismo pasa con su hijo Álvaro, que no se sabe qué hace; al menos Eva Liz consiguió que la hagan abogada los que le tuvieron miedo al Presidente con rasgos de dictador.” Le pregunto ahora directamente señor Valverde: ¿Usted duda de las capacidades de la hija mujer de Morales? ¿Lo hace porque es hija del presidente indígena o lo hace por su condición de género? Ella al menos estudió para obtener su título profesional de abogada y no se autodefine como tal. ¿Usted estudió periodismo? Con los mismos argumentos que usted expuso en su página de Facebook le pregunto: ¿Acaso ella no tiene derecho a que le creamos que es abogada por su propio esfuerzo? ¿Ella no puede obtener una profesión por méritos propios para llevar recursos económicos a su casa?

¿Por qué menciono todo esto? Porque Carlos Valverde no reconoce que en realidad cobró por insultar, denigrar y calumniar a cambio de una “bonificación”. Resulta que, el impulso y vitalidad que demostraba a través de su opinión disfrazada de “análisis”, en realidad respondía a un aliciente monetario. Él siempre que escribe, denigra, desprestigia a niveles intolerables al movimiento popular, social, obrero y campesino; y ahora esgrima argumentos despreciables también contra aquellas o aquellos que defienden a estos sectores. Don Carlos, nunca insultar había sido tan rentable.

Hay periodistas que trabajan con la información y hay otros que solo hacen uso de ella. A los primeros les está encargado buscar la verdad, llevando a cuestas una suma de compromisos profesionales y éticos. Mientras que a los segundos les está encargado mostrar la mejor cara de los gobiernos para quienes trabajan. Este encargo está más cerca de la propaganda paga, algo así como publinotas políticas, que del periodismo.

Existe un periodismo que alza la voz para llamar la atención sobre ciertos temas o determinados contextos y hay otro periodismo disfrazado que grita, porque en realidad lo que quiere es encubrir un racismo que no está dispuesto a bonificar ni agilizarle contratos preferenciales para que destile su odio conservador solapando en opinión y análisis político.

Para terminar, Carlos Valverde no es que cobró por escribir ni salir a nivel nacional. Cobró porque se convirtió, sin lugar a dudas, en un gritón a sueldo, un mercenario de uso despótico del adjetivo y el periodismo por encargo.

Alejandra Claros Borda / Agencia Boliviana de Información