Joe Biden: la curiosa metamorfosis de un demócrata moderado

Durante su discurso ante el Congreso, el flamante presidente hizo una serie de anuncios de marcado corte intervencionista, destinados a los sectores más golpeados por la pandemia, y delineó algunos rasgos de su política exterior.

Una vacuna en el brazo, y un cheque en el bolsillo. Con una frase tan simple, pero a la vez tan contundente, podemos sintetizar a la perfección cuáles son las prioridades de la nueva gestión de gobierno norteamericana. Joe Biden no tuvo la suerte de poder disfrutar de la clásica “luna de miel”, ese momento de pacífica transición del que gozan quienes resultan electoralmente vencedores: el candidato demócrata fue enviado directamente al campo de batalla. Y fue allí donde armó su despacho, entre cifras de muertes y contagios descontroladas, ante una economía golpeada por el estancamiento y con lo que pudo convertirse a fines del año pasado en una crisis institucional de suma gravedad. Biden cuenta, no obstante, con una carta fundamental al momento de enfrentarse a tamaño desafío: la aprobación que todas las encuestas le dan de más del 50% de la población estadounidense, porcentaje que se eleva hasta el 67% al ser consultada acerca de su opinión respecto a las políticas de asistencia social.

Quizás fue eso lo que le dio el coraje necesario, habiéndose cumplido los primeros 100 días de su gestión, para dar un encendido –y hasta sorprendente- discurso en el Congreso, teniendo a sus espaldas por primera vez en la historia del país a dos mujeres: la vocera de la Casa Blanca Nancy Pelosi, y la vicepresidenta Kamala Harris. El Partido Demócrata ha vuelto a ingresar por la puerta grande, finalizada la conflictiva era Trump, y con anuncios que probablemente pocos esperaban escuchar en la potencia del norte. Apelando a una retórica que la derecha tildaría de “populista”, Joe Biden anticipó cuáles serán los puntales de su programa para sacar al pueblo estadounidense de la crisis sanitaria: un ambicioso plan que contempla seis trillones de dólares destinados a la educación, a la creación de empleo, e incluso como estímulo económico directo a los sectores de clase media y baja. A Biden le preocupa lo mismo que a su antecesor: el hecho de que Estados Unidos vuelva a recuperar su lugar de liderazgo en el concierto de las naciones. Pero sabe que el método tiene que ser completamente distinto.

Del New Deal rooseveltiano a la post-pandemia

Cualquiera que recuerde algo de historia económica, tendrá presente lo innovador de las políticas de Franklin Delano Roosevelt para poner nuevamente en pie la economía norteamericana luego de lo que significó el crack de la Bolsa de 1929, así como el crecimiento del desempleo y la miseria subsiguientes. Desde ese momento, el primer mandatario demócrata logró la aprobación de 16 proyectos, y más de 50 leyes que transformaron radicalmente la sociedad y su modo de percibir al Estado. Uno de los principales ejes de las políticas públicas de Roosevelt fue la creación de puestos de trabajo desde el propio aparato estatal, aunque no fue éste el único paliativo. Haciendo énfasis en la problemática rural, delineó una política específica para el agro con un paquete destinado a paliar la pobreza y el hambre en distintos puntos del país. Todo ello acompañado por mecanismos aceitados de regulación sobre el sector financiero, el verdadero responsable detrás de la calamidad.

Casi un siglo después, Biden parece estar protagonizando una suerte de “rescate emotivo” de quien fuera el 32° presidente de Estados Unidos, aunque actualizando su propuesta a los tiempos que corren. De ese modo, anunció en el Congreso que destinará dos trillones de dólares a inversión en infraestructura en el marco del Plan de Empleos Americanos, orientado a fomentar la incorporación de trabajadores de “cuello azul”, y la producción para consumo del mercado interno. El mismo será acompañado por el Plan Familias Americanas, cuyos beneficiarios serán grupos familiares con menores de edad a cargo, a los que se les cubrirán sus necesidades básicas, y se les descontará el monto a pagar en las primas de los seguros de salud. Y finalmente, el Plan de Rescate Americano tendrá como objetivo sacar a millones de niños y niñas de la pobreza. En un movimiento más que llamativo, Biden le labró el acta de defunción a la “teoría del derrame”, anunciando que el 1% más rico deberá aportar con mayores impuestos a la recuperación nacional. Por primera vez, parece que la redistribución de la riqueza llegó al Primer Mundo.

Todo este esfuerzo del primer mandatario demócrata puede analizarse también como un modo de “reconciliar” a la gran maquinaria estatal con la población civil, un divorcio que se ha producido mucho tiempo atrás. Tanto los demócratas como los republicanos, en las últimas décadas, internalizaron una idea que Ronald Reagan logró instalar con éxito durante su campaña en los ochentas: el Estado es una carga innecesaria, de la que los ciudadanos están hastiados. Contrariamente, Biden es consciente de que la gobernabilidad durante los próximos cuatro años descansa sobre un delgado hilo: ante un país con tendencias políticas absolutamente polarizadas, que el trumpismo se ha encargado de exacerbar, la única posibilidad de “unificar” a la población es llevando adelante un programa desde el mismo Estado que logre dar respuesta a una serie de asuntos que gravemente afectan al conjunto de la sociedad. La crisis sanitaria será probablemente la primera en ser superada por el notable avance en la vacunación (se han aplicado más de 220 millones de dosis en 100 días), a pesar del rechazo de algunos sectores de la ultra derecha. Pero luego, quedarán a la espera de soluciones la problemática de cómo abordar el cambio climático, la cobertura de salud universal, la violencia racial, y más aún, la reinserción de Estados Unidos como competidor en la provisión de bienes y servicios en los mercados internacionales, de los cuales ha sido desplazado por su socio/rival comercial, China.

Occidente versus Oriente: una disputa por la hegemonía económica, política y militar

En lo referente a relaciones exteriores y comercio bilateral, Biden también hizo algunas precisiones para tener en cuenta. Tras referirse a Vladimir Putin como un “asesino” en una entrevista concedida ante las cámaras ABC News, y de asegurar que “pagará un precio” por la intervención de ciber-espías rusos durante el proceso electoral el año pasado para ayudar a Trump, el primer mandatario bajó el tono durante su discurso señalando que podría cooperar con Rusia en políticas de seguridad y medioambientales. No obstante, el oficial de inteligencia Teniente General Scott Berrier, director de la Agencia de Inteligencia y Defensa, declaró que Rusia seguía siendo una amenaza a la seguridad de los Estados Unidos, al fabricar cientos de ojivas nucleares todos los años sin querer adherirse a la moratoria de ensayos nucleares. Será ésta una rivalidad difícil de superar.

En relación a Irán y Corea del Norte, Biden volvió a insistir en que se entablará el dialogo con los líderes de aquellos países cuyos programas nucleares representen un peligro para los Estados Unidos. Kim Jong Un viene dándoles dolores de cabeza a la administración norteamericana desde la gestión de Barack Obama, y con Trump las cosas no fueron mucho mejores, ya que las amenazas mutuas llevaron a una escalada en las tensiones internacionales. El flamante primer mandatario ya anticipó que su compromiso es ir avanzando paso a paso hasta lograr un cambio en el comportamiento del líder norcoreano, con el objetivo de erradicar su arsenal nuclear. La situación con China comenzó a tornarse más complicada desde la guerra comercial iniciada durante el gobierno anterior, y el peso adicionado por la pandemia global. No obstante, Biden reafirmó su estrategia dialoguista con Xi Jingping, dejando a la vez en claro que su intención es defender los intereses estadounidenses ante prácticas comerciales que puedan perjudicar a la industria local.

Y finalmente, el último frente abierto es el del siempre conflictivo Medio Oriente. Si bien Biden anunció que la aventura militar en Afganistán concluyó, y que retirará a la brevedad todas sus fuerzas del territorio, los recientes acontecimientos en la Franja de Gaza siguen demandando una toma de posición a nivel internacional. Estados Unidos designó a Hady Amr, secretario del departamento de Asuntos Israelíes-Palestinos, como enviado para llegar a un acuerdo entre ambas naciones, en un momento en que la gestión del Primer Ministro Benjamin Netanyahu está encontrando una fuerte oposición interna. Y Biden se halla en una posición incómoda, ante el ala progresista de un Partido Demócrata más proclive a defender los derechos de los asentamientos árabes en el territorio. Conforme el tiempo vaya avanzando, resultará claro si la atención que le demanda el frente interno –y los recursos que allí deba invertir- hará que Biden abandone la agresividad que ha caracterizado históricamente el accionar de Estados Unidos en la periferia, o si sólo se trata de un impasse para avanzar cuando las aguas estén quietas. Lo cierto es que la estrategia de “dejar hacer” a Israel –traducida en la falta de protestas ante el avance sobre los terrenos poblados por mayoría musulmana, la justificación del derecho a la autodefensa israelí frente al accionar de Hamas, y el bloqueo de Estados Unidos en las Naciones Unidas de las resoluciones que llaman al cese del fuego inmediato- seguramente es un anticipo de lo que se viene en materia de política hacia Medio Oriente. La inexistencia de un enérgico repudio a las acciones bélicas de Netanyahu, que ya le han causado la muerte a 197 palestinos en Gaza, pueden ser interpretadas como una actitud tibia y cómplice, que si bien no es una réplica del apoyo enérgico de Trump tampoco están lo suficientemente lejos. Por supuesto que este es un capítulo que aún permanece lejos de concluir y que a la postre demostrará la verdadera cara de Biden como líder de una potencia que denodadamente busca recuperar su posición hegemónica a nivel mundial.

*Manuela Expósito, Lic. En Ciencia Política UBA, integrante de la Comisión de América Latina de Tesis 11.