La Revolución en América latina debe asumirse como Revolución Cristiana


Nosotros no podemos, ni debemos, aferrarnos a antiguos principios ateos y materialistas en un medio social mayoritariamente creyente como es el latinoamericano.

“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado
para llevar la buena noticia a los pobres; me ha enviado a anunciar

libertad a los presos y dar vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos;

a anunciar el año favorable del Señor.”

Para que la Revolución que se gesta en nuestro continente pueda tener opciones ciertas de triunfo, debe asumirse como Revolución Cristiana. Nuestro continente es el único que puede llamarse casi enteramente cristiano, por lo tanto ofrece a la Revolución, la oportunidad de superar las viejas utopías ideológicas que han caracterizado a toda Revolución izquierdista en el pasado politico de nuestro continente, y asumir los nuevos paradigmas que han de identificarse plenamente con los ideales del Socialismo del Siglo XXI.

Nosotros no podemos, ni debemos, aferrarnos a antiguos principios ateos y materialistas en un medio social mayoritariamente creyente como es el latinoamericano. Sería un suicidio ideológico desproporcionadamente estúpido y carente de toda lógica y pragmatismo político.

La teología de la Liberación echó por el suelo aquella injustificada concepción que señalaba que la religión es opio del pueblo. La TL nos señaló en su tiempo, un cristianismo comprometido con las causas de los pobres, desde una perspectiva verdaderamente bíblica. La famosa frase de la religión con el opio del pueblo, no es original en Karl Marx. Fueron ideas y conceptos emitidos con anterioridad por Kant, Herder, Ludwig Feuerbach, Bruno Bauer, Moses Hess y Heinrich Heine, quien en 1840 en su ensayo sobre Ludwig Börne ya la empleaba: “Bienvenida sea una religión que derrama en el amargo cáliz de la sufriente especie humana algunas dulces, soporíferas gotas de opio espiritual, algunas gotas de amor, esperanza y creencia”. Hess, en un ensayo publicado en 1843, escribió: “La religión puede hacer soportable… la infeliz conciencia de servidumbre… de igual forma el opio es de buena ayuda en angustiosas dolencias”.

Aprendimos a leer la Biblia con otros lentes, con otra visión, desde una perspectiva más pertinente a los cambios verdaderamente profundos y estructurales que eran necesarios en nuestro continente. En la Nicaragua triunfante frente a la larga dictadura de la familia Somoza, la teología de la liberación, las comunidades eclesiales de base y los grupos populares protestantes, mostraron por primera vez su pertinencia e importancia para acompañar y dirigir los procesos revolucionarios.

En estos Nuevos tiempos, la Izquierda debe empezar una profunda relectura de Marx y el Marxismo, adecuándolo a la moderna concepción humanística y revolucionaria del Socialismo del Siglo XXI. De no ser así la izquierda caería irremediablemente en aquellos mismos errores que por años le endosó al Cristianismo en particular y a todas las religiones en general. El viejo marxismo a través del tiempo, ha construido sus propias supersticiones, dogmas, jerarquías, clero, lugares sagrados y verdades absolutas, errores que solo vio empecinadamente en la religión, y de los cuales se sentía inmune.

Aprendimos a superar en la TL, la concepción que la Iglesia es, estructuras, jerarquías, cleros y edificaciones. Descubrimos a Dios en los pobres. Pudimos crear otro modelo de iglesia, que fue más acorde con las necesidades más allá de las espirituales de nuestros pueblos. Predicamos, no sin riesgos, al Jesús que se manifiesta como profeta que vino a entregarles el Reino a los pobres, aunque esto representara arrebatárselo a las Iglesias Instituciones en las cuales militamos.

No puede la Revolución latinoamericana, ignorar la fe y prácticas religiosas de esas masas que han abrazado con fuerza en los últimos diez años, el ideal de la liberación de nuestro continente. Somos Cristianos y cristianas, Católicos o protestantes, muchos tienen una visión muy particular de vivir su fe, hasta hay quienes creen en Dios de diferentes maneras a las tradicionales cristianas.

La izquierda, debe superar su prejuicio al cristianismo, debe vivir un proceso de desatanización de los ideales religiosos. No todo en el cristianismo tiene que ver con las jerarquías eclesiales o con doctrinas impuestas desde el Vaticano o desde los centros demando de las multinacionales evangelizadoras del protestantismo conservador norteamericano o europeo. La gente ha aprendido a leer la Biblia, y ese volver a la escritura ha dado como resultado a una iglesia-pueblo comprometida con las causas populares y liberadoras.

La mayoría de quienes militamos en los procesos revolucionarios, somos hombres y mujeres de fe, vivimos nuestra fe desde un verdadero compromiso bíblico-ideológico a favor de los pobres. Hemos hecho nuestras, las palabras de Jesús y hemos asumido esa Unción del Espíritu de Dios, que nos capacita para predicar las buenas noticias de liberación a los pobres.

Conciente de nuestro compromiso revolucionario, creemos que no hay una verdadera espiritualidad, si no hay un compromiso real con las causas de la Liberación de nuestros pueblos. Por eso predicamos que la Revolución no puede ser una realidad, si la concebimos de espalda a los ideales cristianos, porque se alejaría de ese pueblo creyente que la defiende y la apoya de manera incondicional.

Nuestra revolución latinoamericana, debe superar los viejos esquemas ateos y materialistas que la relegaron por décadas en nuestro continente, a ser un ideal marginal, alejado de las aspiraciones de las grandes masas explotadas, de los más humildes, esos y esas que deberían en esencia ser el motivo de nuestras luchas e ideales. La religión ha dejado de ser una simple superstición, para ser en la mayoría de los casos el ideal que mueva a mucha gente al compromiso social, político y ético.

La Concepción del Socialismo del Siglo XXI, dejó atrás todas aquellas “Supersticiones” comunistas, para dar paso a una concepción ideológica mas lógica y centrada en el ser humano, a través de una comprensión de los procesos políticos e históricos, de la cultura, la economía, de manera integral y verdaderamente humanista.

Atrás debe dejar, la revolución Latinoamericana, los viejos conceptos de esa fracasada izquierda que en América latina no supo triunfar, ni por medios violentos ni por lo pacíficos, salvo algunas honrosas excepciones en Cuba, Chile y Nicaragua.

Debe la nueva izquierda latinoamericana, retomar los nuevos paradigmas que ofrecen nuevos actores sociales que han surgido con fuerza desde los sectores indígenas, afro descendientes, de mujeres, entre otros.

Si la revolución en América Latina y en el reto del mundo, no asume los valores culturales de las sociedades en las cuales se lucha, no pasará de ser tan solo un experimento simplemente electoral o de lucha armada sin sentido permanente. El futuro de nuestra revolución está en el hecho de poder construir un pensamiento revolucionario, profundamente ético, trascendente y fiel a los principios morales que toda verdadera Revolución liberadora predica.

Ya no es posible tomar el poder por medios armados, estos esfuerzos quedaron muy atrás, en los tiempos de las guerras convencionales. Ahora las nuevas tecnologías del imperio hacen obsoletas e inútiles las encarnizadas guerras de emboscadas y de cuerpo a cuerpo.

Lo movimientos políticos emergentes de América Latina han demostrado que sin el pueblo, sin las organizaciones sociales, o sin las movilizaciones populares, no se puede hacer verdaderas Revoluciones.

La historia es precisa, en Venezuela la lucha armada de los años setenta trajo indiscutidamente momentos de gran gloria, también se evidenciaron traiciones, frustraciones, que recién ahora podemos ver con claridad sus causas y culpables.

Lo que menos se pensaba en nuestro país era que todo ese motor inicial de la Revolución Bolivariana, saldría en sus inicios en los años ochenta del Siglo XX, de sectores militares patrióticos, hastiados del entreguismo y la traición de gobiernos, la oligarquía y los altos mandos castrenses. Estos Grupos militares revolucionarios formarían conjuntamente con los sectores populares venezolanos, un movimiento cívico -militar basado ideológicamente en la obra y pensamiento de Simón Bolívar y en los ideales de los grupos religiosos populares.

La vieja izquierda latinoamericana, ante su incapacidad de comprender que estos nuevos actores políticos y sociales habrían de impulsar los grandes cambios y la toma del poder por el pueblo, optó por el camino de la traición. Se aliaron con sus supuestos antiguos enemigos, para intentar frenar los cambios revolucionarios que se vienen dando en nuestro continente.

Esa vieja izquierda, hizo visible sus viejas supersticiones y temores, se alió con el imperio y la oligarquía, ante la incapacidad de haber podido liberar a través de las armas o por el voto a nuestro continente en décadas pasadas. Fueron incapaces porque no supieron reconocer en nuestra gente, a aquellos sectores emergentes tan necesarios para lograr el triunfo histórico revolucionario.

En Venezuela, suponemos que en otros países de Latinoamérica, estos viejos dirigentes de la vieja izquierda, y algunos más que antes militaban supuestamente en la Teología de la Liberación, hacen coro con los sectores más recalcitrantes de la derecha y de las oligarquías criollas, pidiendo la intervención armada imperialista norteamericana, contra de cada uno de nuestros países que han levantado las banderas del Socialismo del Siglo XXI, por la liberación e integración de nuestros pueblos.

Esa vieja izquierda, no supo deslastrarse de ese viejo discurso ateo y materialista, le dio la espalda al pueblo, por el solo hecho de creer que el cristianismo popular de nuestra gente humilde, era tan solo una superstición, o una vieja droga adormecedora de la conciencia. No tuvieron la visión a largo plazo de descubrir que en esa fe ingenua y sencilla, se gestaba una verdadera práctica revolucionaria y popular, que supo hacer la alquimia del sincretismo entre cristianismo y liberación.

No podemos afirmar con Marx que la negación de Dios es indispensable para la construcción de un verdadero humanismo. Muchos de nosotros y nosotras, hemos crecido en medio de un humanismo cristiano, ampliamente comprometido con los movimientos de liberación de nuestros pueblos. Quizás Marx hacía una Observación parcial, geográfica y temporalmente enmarcada en su contexto histórico y cultural de la Europa del Siglo diecinueve.

Las palabras de Jesús, tomadas del texto del profeta Isaías, nos señala que la única manera de salvar a nuestro continente de su destino de dependencia y neocolonialismo, impuesto por el imperialismo y las oligarquías criollas, es darle poder a los pobres. Es por eso que la Revolución en nuestro continente debe evaluar y asumir el ideal verdaderamente cristiano de las sociedades en la cuales está inmersa, para poder construir esa Patria Nueva, ese Mundo Otro, a través de esa Nueva Humanidad, que es ideal común en los pensamientos jesucristiano y guevarista.

La Revolución, debe leer el mensaje de la Biblia, la teología liberadora de los evangelios y reencontrarse con las palabras de Jesús, Dios hecho carne, el Dios de los Pobres. Hoy podemos afirmar desde los grupos cristianos populares y revolucionarios, que no puede haber una verdadera Revolución si no hay una verdadera Espiritualidad Revolucionaria.