Latinoamérica

¿Las Malvinas son argentinas?

Hemos perdido el tren, pero podemos recuperarlo. Metafóricamente hablando, desde luego, porque hace rato que lo perdimos en la realidad.

Esta vez me refiero a las Malvinas, a nuestras tradicionalmente proclamadas islas argentinas, aunque a partir de 1616 fueron varios los que las proclamaron propias: los holandeses, los españoles, los franceses, los ingleses en sus reiterados viajes exploratorios, pero los primeros en ocuparlas en forma permanente, a partir de 1764, fueron los franceses. Dicha ocupación fue seguida por Inglaterra que apenas unos diez años más tarde ordenó abandonarlas a sus oficiales establecidos en lo que denominaban Port Egmont. Fue posteriormente España la que se instaló y ejerció su administración hasta 1811 como dependencia del Virreinato del Río de la Plata. Fue a raíz de los acontecimientos ocurridos en el Río de la Plata y la conformación de la Primera Junta de Gobierno que el gobernador de Montevideo, presidente de la Junta de Guerra española ordenó la despoblación total de las islas Malvinas hasta que en 1816 las Provincias Unidas del Río de la Plata deciden asumir la soberanía de las islas como legado de la corona española bajo el principio de uti possidentis.

El primer gobernador de las islas fue entonces Pablo Arequatí nombrado en 1823 mediante un comunicado en el que además se advertía a los buques extranjeros sobre la prohibición de pescar y cazar en la zona por su condición de aguas jurisdiccionales argentinas, lo que implicaba que quienes la violasen serían enviados y juzgados en Buenos Aires.

Luego un primer intento fallido Vernet fundó el primer establecimiento permanente de las Provincias Unidas del Río de la Plata, el puerto Luis adonde a partir de 1829 nombrado comandante político y militar del archipiélago fomentó la instalación de granjas, alentó el comercio y fomentó los lazos con la Argentina continental hasta que en enero de 1833 desembarcaron los británicos, izaron su bandera, arriaron la argentina y obligaron a abandonar las islas a los colonos rioplatenses.

Desde entonces y casi sin variaciones se han sucedido las negociaciones diplomáticas entre ambas naciones desde antes y aún después de la frustrada invasión argentina de 1982. Entre dichos intentos de negociación diplomática se halla la ejercida en 1838 por Mariano Moreno cuya misión consistía en negociar una eventual sesión de nuestros derechos sobre las islas a cambio de la cancelación de la deuda que Buenos Aires mantenía desde 1824 con la Baring Brothers. De modo similar se fueron sucediendo otros intentos diplomáticos entre 1841 y 1884 hasta que durante la presidencia de Julio A. Roca en 1908 la corona británica resolvió anexar unilateralmente las islas Georgias, las Orcadas, las Shetland, las Sandwich y las Tierras de Graham a su colonia de las Falklands posteriormente inscripta en 1948 por la ONU como un “territorio no autogobernado”. Nuevas negociaciones continuaron sucediéndose durante los gobiernos de Perón e Illia hasta que en 1967 Londres ofreció ceder su soberanía siempre que se respetaran los deseos de sus habitantes, pero incentivando al mismo tiempo la oposición de los mismos por lo que estos presentaron una férrea resistencia al potencial acuerdo.

Una nueva estrategia
La estrategia argentina, a partir de 1950 se centró entonces en la idea de profundizar los lazos con los pobladores de las islas, estableciéndose entonces importantes contactos con las ciudades costeras de nuestra Patagonia a las que los isleños se trasladaban por razones de salud, de educación, de turismo, de comercio dado que es mínima la distancia aérea que las separan de las islas (alrededor de 350 km) y muchas las alternativas sociales, culturales y económicas que comenzaban a perfilarse.

Hasta que la cruenta e irresponsable escalada militar de 1982, echó por tierra los benéficos y mutuos esfuerzos de cooperación que habían comenzado a afianzar los lazos con un territorio geográficamente reconocido como parte de la plataforma continental de nuestro país.

En consecuencia, es hora de que nuestra ciudadanía supere el craso error militar y retome el camino de la buena vecindad continuando la estratégica iniciativa de mediados del siglo pasado y que más pronto que tarde puede generar la perspectiva de ir aproximándonos recíprocamente a los habitantes de esas islas a quienes sin duda alguna favorecería humanamente un intercambio y una más permanente integración.

Es lamentable que nuestros gobernantes padezcan la enorme miopía de no ver que no son necesarias ni grandes inversiones, ni grandes incentivos para reactivar los contactos ya que son los mismos habitantes patagónicos e isleños los que seguramente irían retomando el camino del intercambio que como ya se experimentó transitoriamente, los beneficiaría y que sin lugar a dudas también lo sería recíprocamente.

No dejemos pasar un segundo tren de estas características, difundamos esta ya brevemente experimentada posibilidad y sigamos alentando la idea de restablecer pacíficamente nuestros vínculos con las Malvinas algo no solo deseable sino absolutamente posible, hasta que podamos decir sin sombra de dudas ¡las Malvinas son argentinas!