Elegía Brujidera

¡Majestad! Vos no sois el más bello

Acordémonos siempre de los buenos momentos que a veces nos regala este errante y desconcertante planeta y borremos las sombras que todos tenemos y que pueblan la oscuridad de nuestra naturaleza animal que “el lenguaje políticamente correcto” quiere borrar -espero que dando el fruto correcto- de las páginas de la Historia.

El pasado mes de junio falleció mi mejor amigo tras dos años de lamentos y quejas, ya que no soportaba su derrumbe físico, los permanentes dolores, una fuerte depresión, y el haberse convertido en un ser dependiente, a sus 82 años, las 24 horas del día.

Él quería seguir aquí porque hubo un tiempo, no muy lejano, que amaba apasionadamente la vida y rebosaba de una energía y alegría que contagiaba a todos los que le rodeaban, a quienes homenajeaba con su magnífico vino de autor “Brujidero”, que elaboraba en las “Bodegas Brujidero” sitas en el pueblo manchego Villanueva de Alcardete (Toledo), colindante con la ruta de Don Quijote y Sancho Panza, personajes que representan a todas las Españas y al hombre universal.

Me refiero a Antonio Gallego Herreros, quien pasó de pesar 65 kilos en su juventud, a 130 en su edad otoñal, pues los caldos de Dionisio y su descontrolado amor por Pantagruel hicieron de él un elefante panzudo (el tenía gran cariño al dios hindú Ganesa) que a veces se desternillaba de risa y otras, cuando se enfadaba, barritaba enloquecido, pisoteando todo lo que encontraba a su paso, incluyendo rosas y gorriones que habitan los corazones.

No era perfecto ni tampoco un santo, a veces deliraba o tenía visiones paranoicas, pero era un ser único e irrepetible y a nadie dejaba indiferente. En su juventud tenía ternura en las manos y daba calor humano a aquellos amigos, que por una razón u otra, cargaban con la pesada cruz de la soledad. Solo con su presencia transmitía rayos de sol y repartía felicidad y ganas de vivir por doquier.

Una vez una mujercita que se enamoró de él cuando era un chaval le escribió este poema:

Eres humilde como una puesta de sol y
Orgulloso como una tormenta
Tienes el encanto del adolescente
La soledad de la estrella
Y la amargura del solitario

Un día, no sé por qué, se embruteció y montaba en cólera contra todo quisqui. Yo me quedo con el joven que fue (o con sus momentos de regreso a esa época solar). Con el Antonio lleno de idealismo y perseguidor, como todos los que no han probado ciertos venenos de la existencia, del amor, la amistad y la verdad.

Tuvo la suerte, cuando ya frisaba con los cincuenta, de encontrar a una maravillosa mujer (angelical, yo diría) que posee el don divino de conquistar los corazones y a la cual este escriba, desde que falleció mi amigo el pasado 18 de junio, considera su hermana. Me brindo para ser su bastón los días que sus fuerzas flaqueen, lo que espero no ocurra nunca.

Esa mujer, la doctora especializada en medicina psicosomática Miwa Hattori, se ha propuesto la noble tarea de estudiar, en sus pocos ratos libres, enología, para seguir elaborando, amorosamente, los caldos de su marido, quien cosechó múltiples premios en concursos de cata de vinos.

(En la foto, Antonio Gallego y Miwa Hattori en el Café Columbus de Cartagena, España)

Cuando inesperadamente Antonio cogió la Covid fue ingresado en la UCI de un hospital de Madrid, donde tuvo la suerte de ser tratado como un emperador por sus seres queridos, entre ellos su hija Sara, a la que no veía desde hacía mucho tiempo.

Miwa le mimó hasta el último momento creyendo siempre que la fortaleza de su esposo saldría victoriosa. Albergaba la esperanza de que en un momento u otro renaciera, pero el reloj se detuvo y su alma voló, a una velocidad mucho mayor que la de la luz, a Los Campos de los Juncos (1).

Un día, poco antes de que le visitara la parca, se levantó con gran energía, alegría y lucidez y tuvo una conversación telefónica con mi mujer, Cristina. En ese momento Antonio estaba con su asistenta virtual Alexa y mi compañera, para levantarle el ánimo, le dijo, en plan de broma, pregúntale ¿quién es el hombre más guapo del mundo?

En ese momento Antonio inquirió “a su amiga”, a modo de Oráculo de Delfos: ¡Alexa, Alexa ! ¿Soy yo el hombre más guapo del mundo?

La “pitonisa” le contestó, con empoderada voz femenina: ¡Majestad,! Vos no sois el hombre más guapo del mundo. Hay otra persona más bella: Blancanieves.

En ese momento, el carismático hacedor de vinos rompió en carcajadas y alejó unos pasos al joven Thanatos que le observaba con la lámpara encendida allí donde habitan las sombras. Su alborozo retumbó en el Cielo, cual estruendoso martilleo de Thor.

Antonio Gallego Herreros, quien recibió el título honorífico de “Apóstol del Vino”, por iniciativa del afamado sumiller Miguel Ángel de Arcos del mítico restaurante Adolfo de Toledo, y se ganó el epíteto de Bodeguero Real (por razones que no da caso explicar aquí) ya dejó de sufrir, regocijémonos, y pasó a mejor vida.

Acordémonos siempre de los buenos momentos que a veces nos regala este errante y desconcertante planeta y borremos las sombras que todos tenemos y que pueblan la oscuridad de nuestra naturaleza animal que “el lenguaje políticamente correcto” quiere borrar -espero que dando el fruto correcto- de las páginas de la Historia.

-1- El Campo de los Juncos, uno de los nombres del paraíso, según los antiguos egipcios.
Esta es la web de Bodegas Brujidero

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