Poder, dominio y hegemonía de EEUU

Para evitar equívocos y mejor centrar la problemática abordada, vale la pena aclarar y acotar conceptualmente lo que se entiende por “poder”, “dominio” y “hegemonía” a fin de entender las luchas entre los dos bloques mencionados y analizar las contradicciones inherentes a tal enfrentamiento para poder, entonces, señalar, hipotéticamente, los posibles desenlaces de aquéllas.

Cuando se remita al “poder” en este trabajo, se estará destacando una acción netamente política, una relación o un conjunto de relaciones políticas que se despliegan, específicamente en este caso, entre Estados Unidos y el conjunto de los 27 Estados que conforman la UE (integrados por voluntad explícita de sus pueblos con el fin de recuperar su papel protagónico en el concierto mundial, posición perdida a partir de 1945 por sus afanes imperialistas y su excesivo patrioterismo).

El dominio y la hegemonía son, a su vez, atributos inherentes a potencias que han buscado imponer sus propias reglas al juego internacional, ya sea en lo económico, en lo político o en lo militar. En este sentido, descuellan Estados Unidos y la Unión Soviética por ser las dos superpotencias que dominaron el escenario internacional a partir de la segunda posguerra, ora mediante la imposición de la fuerza y la violencia (dominio) mediante la influencia de sus respectivas ideologías (hegemonía).

Para lograr tales imposiciones, las dos superpotencias utilizaron estos recursos de diferentes maneras y niveles de acuerdo a sus necesidades y circunstancias. Así, el convencimiento y la persuasión intelectual y moral fueron ejercidos mediante la propaganda y el adoctrinamiento ideológico intentando imponer su peculiar “visión del mundo”4 e inculcando su cultura; cuando esto no fue suficiente, utilizaron gradualmente el dominio directo, la violencia, valiéndose de la policía y el ejército, especialmente para subordinar a los Estados nacionales.

Estas relaciones políticas asimétricas se fundamentaron en su poderío económico y en sus fuerzas armadas. En efecto, ambas potencias, antes de la Segunda Guerra Mundial, ya habían acumulado un enorme poder económico gracias al desarrollo industrial y tecnológico que la primera y segunda revoluciones industriales impulsaron. De allí que no fue nada difícil mantener al mismo tiempo su desarrollo económico y su poderío militar en los espacios directos de influencia y, de modo indirecto, en el ámbito mundial.

La hegemonía estadounidense que amenazaba con un mundo unipolar una vez caído el Muro, ha tenido que ceder y compartir con la Unión Europea buena parte de las decisiones que mueven la política y los mercados internacionales. Es ya clara la necesidad de distribuir el poder y encarar, como una mega unidad económico–política, los retos diversos que le aguardan a la humanidad en este todavía muy joven siglo XXI.

La historia de las relaciones Estados Unidos–Europa muestra que, a pesar de las dificultades, discordias y heridas entre ellos infligidas, han podido salir avante y ponerse cada vez más de acuerdo en aquellos asuntos que resultan torales para la buena marcha de la política internacional. Quizás se podrá pecar de excesivo optimismo, pero no resulta tan descabellado poder otear escenarios menos caóticos y peligrosos para la humanidad que aquellos que se presentaron luego de la Segunda Guerra Mundial y del colapso de la Unión Soviética. A pesar de requiebres tan dramáticos como las campañas bélicas en Iraq y Afganistán, pueden encontrarse salidas lentas, pero mucho más seguras para la solución de los conflictos internacionales.

Esto es justamente lo que los líderes de la UE han buscado y buscan. Estados Unidos tendrá que recapacitar sobre sus reiterados errores y optar por la mejor solución que deberá pasar necesariamente por la colaboración con sus socios europeos en un mundo que, lejos de ser ejemplo de orden y justicia, es inmisericordemente zaherido por la pobreza, la desigualdad social, la explotación, el atraso tecnológico, el armamentismo, las amenazas nucleares, la guerra y la impunidad criminal.

A ello habría que agregar la multiplicación de diversas pandemias y problemas medio ambientales, como el calentamiento del planeta, a la par de una larga cita de etcéteras. Por todo ello, las acciones conjuntas de Estados Unidos y de la UE deben encaminarse para incidir en la mejor marcha del planeta. Mientras más rápido esto se entienda y aplique, mejores posibilidades habrá de rediseñar, con mucha más claridad y justicia, las reglas del intrincado juego internacional.

La construcción de un mundo mejor puede dejar de ser mero anhelo. Pero para ello, es urgente entender la conveniencia del diálogo, la negociación y el acuerdo y repudiar la fuerza del músculo, el fusil y la invasión. Discutir tal posibilidad sería ya un avance formidable.

*Periodista, Historiador y Analista Internacional

diegojolivera@gmail.com
Barometro Latinoamericano