Un uruguayo, víctima de un campo de concentración nazi

En mi muy, muy lejana juventud, tenía un gran amigo y compañero de militancia, un año y medio menor, que poseía una característica única entre todos los de nuestro grupo: llevaba grabado en el antebrazo izquierdo un número en tinta negra indeleble, que conservó durante todos aquellos años y que mantiene todavía: era el número que marcaba su identidad en el mayor campo de concentración nazi, el de Auschwitz en Polonia, en el cual estuvo recluido durante varios años.

Creo que no hay ningún otro uruguayo en esa condición. El número es el 186650, y su nombre es Francisco Balkanyi, nacido en Montevideo (en el Pereira Rossell) el 3 de octubre de 1928, hijo único de una familia de inmigrantes judíos húngaros integrada por Ernest Balkanyi y Eta Rosenberg.
La familia regresó a Europa en ocasión de la crisis de 1930, los sorprendió la guerra mundial cuando los nazis ocuparon Hungría en 1944, Francisco fue a parar con su padre al mencionado campo de concentración y su madre a otro. En enero de 1945, cuando la ofensiva soviética se aproximó a Auschwitz, los prisioneros, Francisco incluido, fueron transferidos al campo de concentración de Buchenwald, en Alemania, donde permaneció hasta su liberación en abril de 1945, unos días antes de que las tropas soviéticas conquistaran Berlín. También fueron liberados sus padres, y se ha señalado que la suya fue una de las pocas familias en el mundo que sobrevivieron íntegras a Auschwitz. Posteriormente Francisco volvió a Uruguay, donde permaneció durante todo el período que he referido más arriba, tras lo cual se asentó en San Pablo, Brasil, con su esposa Rebeca, antes del golpe de Estado en Uruguay. Desde esa fecha hasta hoy hemos mantenido contacto permanente, vía epistolar o por mail, intercambiando experiencias políticas e informaciones de índole familiar.
Todo esto viene cuento porque tres periodistas uruguayos: Daniela Bluth, David Pérez y Martín Tocar, acaban de realizar un estudio titulado “Sobrevivientes del horror”, que se publicó en el suplemento Revista Domingo del diario “El País” del 7 de junio con el siguiente subtítulo: “El fin de la Segunda Guerra Mundial supuso la liberación de los campos de concentración; y eso, la revelación de un infierno sobre la tierra. Tres protagonistas lo cuentan”. Uno de ellos, que inicia el relato, es precisamente Francisco Balkanyi, entrevistado por David Pérez. En relación con ello, mi amigo me envió desde San Pablo un documento de valor inestimable. Se trata de un grueso volumen mimeografiado titulado “Memorias do Holocausto”, elaborado por Patricia Monken Gomes bajo la orientación de Bernardo Kucinski y editado por la Escuela de Comunicaciones y Artes de la Universidad de San Pablo, con declaraciones de sobrevivientes de los campos de concentración nazis. El trabajo está dividido en una serie de capítulos: Los ghettos, Los campos de concentración, La solidaridad en los campos, El antisemitismo hoy, Los sobrevivientes cincuenta años después, Interpretaciones sobre el pasado. En todos ellos aparecen declaraciones y opiniones de Francisco Balkanyi, junto a las de otros cuatro sobrevivientes. El volumen contiene además una cronología, copiosas referencias bibliográficas y una ilustrativa serie de mapas. En la nota de prensa referida aparecen también las declaraciones de otros dos sobrevivientes del holocausto: Isaac Borojovich y Basia Taube.
Dicha nota publicada en nuestro país es en realidad, en lo referido a Balkanyi, una síntesis muy apretada del contenido del libro mencionado. Se inicia con el siguiente párrafo: “Hace 70 años el uruguayo Francisco Balkanyi (86 años) sobrevivía al horror de Auschwitz: robó cáscaras de papa para comer y debió taparse con cadáveres para no morir congelado”. Luego incluye la siguiente declaración, que figura en el libro mencionado: “En ocho meses pasé de pesar 80 kilos a 42. Era piel y hueso. Si mi liberación hubiese sido 15 días después no sobrevivía”. Cuenta que el 2 de mayo de 1944 llegó a Auschwitz junto a sus padres en un tren que transportó prisioneros preseleccionados para trabajo forzado. Él tenía 15 años y medio.
Su complexión física le permitió esquivar la suerte de sus abuelos maternos, derivados de inmediato al crematorio. Luego formula esta declaración sobre el tatuaje que pasó a ser su seña de identidad de por vida: “Enseguida que llegué me tatuaron en uno de mis brazos el número 186650, que hasta el día de hoy llevo con orgullo”. Pasó a trabajar en la construcción de una fábrica de productos químicos, donde debía cargar grandes pesos. Se debilitó y, como dice la nota, “vivir dejó paso a sobrevivir”. Aquí viene el relato de las cáscaras de papa, en estos términos: “En la noche esquivaba al guardia e iba a la cocina para robar cáscaras de las papas que los nazis tiraban a la basura. Mi madre lavaba los platos con un agua que tenía más verduras que la sopa que nos daban”. Fue luego enviado a un plantío de cebollas, y relata: “Los dos meses que trabajé allí me permitieron sobrevivir. Plantaba una y me comía otra. Nos vigilaba un prisionero que gozaba de algunos privilegios y que no le interesaba apuntarnos”.
Sobrevino luego el avance de las tropas soviéticas, que desalojó a los ocupantes nazis de Polonia, determinando la evacuación de los campos de concentración y las llamadas “marchas de la muerte”. Narra Balkanyi: “El 28 de enero de 1945 los sobrevivientes partimos junto a un grupo de nazis en la época más fría del invierno. Caminamos 24 horas de Auschwitz a Katowice. Allí nos metieron en vagones abiertos. Viajamos una semana como ganado. Me tuve que tapar con cadáveres congelados para no morirme de frío. De 200 judíos que habremos entrado, solo unos 20 llegamos vivos a Alemania”.
En Alemania fueron a parar al campo de concentración de Buchenwald. Pero ya los nazis estaban en desbandada y la liberación sobrevino el 11 de abril de 1945. Francisco se reencontró con sus padres, que se habían instalado en Cakovec, hoy República de Croacia. A esta altura se reitera que fue la suya una de las pocas familias que sobrevivió íntegra al horror del campo de concentración de Auschwitz.
Un tiempo después, Francisco resolvió volver a su patria de nacimiento, Uruguay. La fecha de su retorno a Montevideo fue 1948. Se casó con Rebeca, con quien tiene tres hijos. Aquí estuvo durante esos años y durante toda la década de los 50 y años posteriores, que fue cuando estuve en contacto con él. Unos cuantos años después se marchó para San Pablo, donde se encuentra actualmente, con su familia, sus hijos y seis nietos.
La nota de David Pérez en “El País” está ilustrada con fotos de Francisco, el negocio de su padre Ernest, su documento de identidad y su brazo tatuado, que se mantiene tal cual.
En el libro “Memorias del Holocausto”, se encuentran datos muy valiosos en referencia a Balkanyi (que es lo que leí en detalle). Por ejemplo: en su exposición en el capítulo sobre los campos de concentración, se dice (página 52) que al llegar a Auschwitz, el 2 de mayo de 1944, pasaron frente a Mengele en persona. Allí cuenta que su padre y él quedaron juntos, y su madre fue destinada a otro campo, donde su labor consistía en ordenar ls ropas de todos los que habían sido cremados. “Fue algo terrible para ella, un sufrimiento inaudito”, anota (página 54). Refiere también la alegría que les produjo recibir por primera vez después de muchos meses una carta de su madre y saber que estaba viva (página 55).
Cuenta que tenían que ir a trabajar a las 6 y 30 de la mañana, soportar en invierno sin abrigo temperaturas de 5 y hasta 10 grados bajo cero. Describe lo escuálido de las comidas, los castigos frecuentes (“trataban de torturar lo máximo posible”), la vigilancia estricta, los cercos con alambres electrificados, la forma en que se las ingeniaban para conseguir algo más de comida, así como las muestras de recíproca solidaridad entre los presos (página 57). También son muy interesantes las referencias a cómo se enteraban, dentro del campo, de las noticias de la guerra antinazi, la apertura del segundo frente y el avance de las tropas soviéticas (páginas 58 a 60).
El capítulo dedicado a la solidaridad en los campos de concentración es particularmente conmovedor, con ejemplos múltiples y muy gráficos. Allí figura también el testimonio de Francisco (páginas 85 y 86). Asimismo sus reflexiones sobre la lucha contra el antisemitismo, que perdura al día de hoy (páginas 98 a 100) y sobre la interpretación de los acontecimientos vividos (capítulo final).
Creo en conclusión que es de vital importancia mantener vivo el recuerdo de los horrores del holocausto porque, como dijera Bertolt Brecht, aún es fecundo el vientre que parió a estas bestias.

nikomar@adinet.com.uy
Publicación Barómetro